Lamento la vulgaridad
Las sociedades modernas me repelen por partida doble. Por una parte, han convertido a los hombres – una especie en la que cada individuo, según todas las filosofías y religiones, es un ser único – en una masa homogénea; los modernos parecen todos salidos de una fábrica y no de una matriz. Por otra, ha hecho un solitario de cada uno de esos seres. Las democracias capitalistas no han creado la igualdad sino la uniformidad y han sustituido la fraternidad por la lucha permanente entre los individuos. Nos escandaliza el cinismo de los emperadores romanos que le daban al pueblo “pan y circo”, pero ¿qué es lo que hacen hoy la televisión y los llamados “ministerios de cultura”? Se creía que a medida que se ampliase la esfera privada y el individuo tuviese más tiempo libre para sí, aumentaría el culto a las artes, la lectura y la meditación. Hoy nos damos cuenta que el hombre no sabe qué hacer con su tiempo; se ha convertido en el esclavo de diversiones en general estúpidas y las horas que no dedica al lucro las consagra a un hedonismo fácil. No repruebo el gusto al placer; lamento la vulgaridad general.
Octavio Paz – Vislumbres de la India


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